La Soledad Del Corredor De Fondo by Alan Sillitoe

La Soledad Del Corredor De Fondo by Alan Sillitoe

Author:Alan Sillitoe
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-07-30T22:00:00+00:00


Lo conocía de antes: Bernard, del reformatorio, con sombrero; Ronald, del juzgado, con botas de pescador; Pete, de libertad condicional, con impermeable de cavador; la pasta de tres meses en cuello y corbata (todo esto es de una canción de skiffle que compuso un amigo mío del reformatorio, y que contaría entera si no fuera porque no pertenece a esta historia), un agente que nunca tuvo en los bolsillos una cantidad como la que el tubo del desagüe guardaba en sus tripas. De cara, se parecía a Hitler, hasta en el bigote con forma de pincel, a no ser que al medir más de un metro ochenta parecía todavía peor. Pero yo me estiré para mirar directamente a los ojos azules de aquel analfabeto... como hago siempre con todos los de la poli.

Entonces se puso a hacerme preguntas, y mi madre decía desde detrás:

—Lleva tres meses sin separarse del aparato de televisión, conque no puede tener usted nada contra él, amigo. Mejor sería que buscara en otra parte, porque ahí plantado está malgastando lo que cobra de sus impuestos que pago sobre mi sueldo...

Lo que era para reírse porque ella jamás había pagado impuestos, que yo sepa, y nunca los pagará, espero.

—Bueno, ¿verdad que sabes dónde está la calle Papplewick? —me preguntó el agente, sin prestar atención a madre.

—¿No está por donde Alfreton Road? —le pregunté yo, servicial y animado.

—A que también sabes que a medio camino, a mano izquierda, hay una panadería, ¿verdad?

—¿No está en la puerta de al lado de un pub? —quise saber yo.

El me respondió, cortante:

—No, maldita sea, no está allí.

Los de la poli siempre pierden la paciencia en seguida, y las más de las veces no ganan nada con ello.

—Entonces no la conozco —le dije, salvado por el gong.

Se puso a trazar círculos cada vez mayores en la entrada con su enorme zapato.

—¿Dónde estuviste el viernes pasado por la noche?

Otra vez en el ring, pero ahora era peor que en un combate de boxeo.

No me gustaba que tratara de acusarme de algo que no estaba seguro de que hubiera hecho yo.

—¿Estuve en la panadería que decía usted? ¿O en el pub de la puerta de al lado?

—Te vas a ganar cinco años en el reformatorio como no me respondas sin rodeos —dijo, desabrochándose el impermeable aunque allí afuera, donde seguía de pie, hacía frío.

—Estaba pegado a la tele como ha dicho mi madre —juré sin dudarlo.

Pero él siguió con sus estúpidas preguntas:

—¿Tenéis aparato de televisión?

Con las cosas que me preguntaba no hubiera engañado ni a un chaval de cada dos, y qué podía contestarle yo a esto último sino:

—¿Acaso se ha caído la antena? ¿O es que quiere entrar a verla?

Al contestarle así, todavía le gusté mucho menos.

—Sabemos que el viernes pasado no estuviste escuchando la televisión, y tú también lo sabes, ¿a que sí?

—A lo mejor no la escuchaba, pero la estaba mirando, porque a veces quitamos el sonido para divertirnos un tato.

Oía que madre se estaba riendo en la cocina, y esperaba que la madre de Mike hiciera lo mismo si la poli también le había visitado a él.



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